Hace unos días visité una exposición inmersiva en Barcelona sobre El Titanic. Es la historia del hudimiento de un barco que, aunque conocida en su momento, tuvo un repunte a finales del siglo pasado con el estreno de la película de James Cameron “Titanic”.
Si hay algo que siempre me ha llamado la atención de esta historia, es la diferencia de clases. Me explico. El Titanic fue una gran obra de ingeniería (hasta que se hundió, claro), fue el mayor transatlántico de la época en el que hubo profundas divisiones sociales del mundo de principios de siglo. La diferencia de clases no solo se percibía en los lujos y comodidades del barco, sino que literalmente marcó la diferencia entre la vida y la muerte.
La distribución de los pasajeros en el transatlántico reproducía fielmente la jerarquía social británica. Los pasajeros de primera clase ocupaban las cubiertas superiores, con todo tipo de comodidades como salones, bibliotecas, piscina climatizada, baño turco y menús exquisitos. Empresarios, aristócratas y celebridades compartían el viaje con todas las comodidades imaginables. En segunda clase, la vida era más modesta pero aún confortable: camarotes amplios, zonas comunes y hasta un ascensor, un lujo para la época. En tercera clase, viajaban principalmente inmigrantes y trabajadores, alojados en los niveles inferiores en cabinas compartidas y con acceso a un comedor sencillo, lo cual ya era un avance respecto a otros barcos, donde debían llevar su propia comida.
La diferencia empezaba ya en el embarque donde se revisaba y desinfectaba únicamente a la clase baja antes de subir al barco, mientras que los de primera clase no pasaban por esos controles.
Cuando el Titanic chocó contra el iceberg, las barreras sociales se volvieron letales. Los botes salvavidas estaban en su mayoría en la cubierta superior, cerca de los camarotes de primera clase. Los pasajeros de tercera clase, en los pisos inferiores, tuvieron que sortear pasillos, puertas cerradas y la confusión general para intentar llegar a los botes. Muchos ni siquiera comprendieron la gravedad de la situación a tiempo, por falta de información y barreras idiomáticas.
Las cifras hablan por sí solas: Sobrevivió el 62% de los pasajeros de primera clase, el 42% de segunda y solo el 25% de tercera.
La orden de “mujeres y niños primero” se aplicó de forma más estricta en las clases altas. En tercera, la confusión y el caos impidieron que muchos pudieran llegar a los botes.
Pero el clasismo no terminó con el hundimiento. Las personas que pudieron salvarse, fueron rescatadas por el Carpathia, el barco que recogió a los supervivientes, y estos fueron separados por clases. Los cadáveres de primera clase recibieron ataúdes; los de tercera, bolsas o, en muchos casos, fueron arrojados al mar por falta de recursos.
Adolf Saalfeld: el privilegio de la primera clase
Adolf Saalfeld fue un empresario y vendedor de perfumes, presidente de una farmacia en Manchester. Viajaba en una lujosa cabina de primera clase (parecida a la de la imagen de arriba), situada cerca del hombre más rico del barco, John Jacob Astor VI. Durante la travesía, Saalfeld disfrutó de menús exquisitos y de la atención exclusiva reservada a los pasajeros más acaudalados: “Sopa, filete de solla, una chuleta de lomo con coliflor y papas fritas”, recordaba.
La noche del naufragio, Saalfeld pudo acceder rápidamente a la cubierta y a uno de los botes salvavidas. Desde allí, a casi dos millas del Titanic, presenció el hundimiento: “Se podían escuchar claramente los gritos”, relató. Su testimonio es contundente sobre la desigualdad: “Hubo suficiente tiempo para salvar a cada alma a bordo si hubiera habido suficientes botes”.
El acceso inmediato a la información, la cercanía a los botes y la prioridad en la evacuación fueron privilegios de su clase. Saalfeld sobrevivió, aunque marcado por el recuerdo de quienes no tuvieron su suerte.
Joseph Hyman: la lucha por sobrevivir desde la tercera clase
En cambio, Joseph Hyman, de 31 años, era un humilde enmarcador de fotografías que viajaba en tercera clase para reunirse con su hermano en Estados Unidos y, más adelante, llevar allí a su mujer. Su cabina estaba dos cubiertas por debajo de la superior, en la proa del barco. La noche del 14 de abril, Hyman fue despertado por el choque: “Solo hubo un golpe y un desgarro, que duró un par de segundos. Entonces todo quedó en silencio”, relató.
A diferencia de los pasajeros de primera, Hyman tuvo que recorrer pasillos y superar barreras para intentar llegar a la cubierta. La confusión, la falta de información y la distancia a los botes complicaron su huida. Muchos pasajeros de tercera clase, como él, enfrentaron puertas cerradas y la desesperación de no encontrar una salida rápida. A pesar de todo, logró sobrevivir, pero su experiencia estuvo marcada por el miedo, la incertidumbre y la angustia de escuchar los gritos de quienes no lograron escapar.
El Titanic es recordado por su tragedia, pero también debe serlo por cómo la desigualdad social condenó a cientos de personas. La historia del Titanic no solo es la de un barco que se hundió, sino la de una sociedad que, incluso ante el desastre, no pudo dejar atrás sus barreras de clase.
Hoy, más de un siglo después, el Titanic, sigue siendo un espejo incómodo de las desigualdades que aún persisten. Hoy todavía, las diferencias sociales pueden ser tan letales como el propio iceberg que provocó el hudimiento del mejor barco del mundo.

